Mujer blanca soltera (y con gato) busca…por MarDeTinta.

Hoy vuelve a ser chica la invitada y es un relato genial. Pero claro de una tía que es guionista, escritora y le gusta tratar lo de las parejas no se podía esperar otra cosa. Os dejo su blog y ya podéis empezar a seguirla en twitter. Ahí va el texto:

Cuando decidí dejar a mi pareja, pasé una época-montaña rusa de emociones en la que estados de ánimo, hormonas, libido y, como consecuencia, el número de amantes, aumentaba y descendía cada mes de mi vida sin previo aviso.

La última fase de abstinencia se agravó peligrosamente cuando mis amigas solteras se ennoviaron -todas al mismo tiempo- y yo, después de repasar un listado de crímenes que podía cometer contra sus perfectos novios y concluir que no era tan pulcra como para no ser descubierta, decidí… adoptar un gato.

Sí, esas decisiones que en su momento parecen perfectas -como los novios ajenos- y luego preferirías no haber tomado jamás. Es curioso, jamás proviene del latín jam magis, que significa siempre. Aprovecho para aclarar que yo jamás tomé al novio de ninguna amiga.

La cuestión es que no me importaba ser poco original y engrosar la estadística de solteras + gato del país, sobre todo porque los beneficios que me iba a reportar la compañía, el entretenimiento y el cariño del animal superarían con creces cualquier acusación ajena de estar representando un cliché. O eso creía yo.

“Si la cosa sale mal, la puedo devolver porque está en acogida”, le mentí a mi compañero de piso. ¡Ah!, ahora vivo con dos guapos compañeros de piso, pero ésa es otra historia… Son gays. Digo que le mentí porque todo el mundo sabe que, cuando adoptas un animalillo, ya te puede morder hasta extirparte cualquier órgano vital que tú lo quieres y te lo quedas por siempre (jamás).

Y así fue. Una gata gris, preciosa y cariñosa, llegó ronroneando a su nuevo hogar; ronroneando se meó en mi nuevo colchón viscoelástico (ése con el que se fueron todos mis ahorros); y ronroneando espantó a los pocos ligues que llegaron hasta allí. Uno de ellos se atrevió a admitir que no tenía claro si venir a casa porque mi gata “nos interrumpiría en lo que hiciéramos”. ¡Ni que le fueran los ménage à trois! Y con las mascotas pasa lo mismo que con la familia: si a alguien se le ocurre despreciarla -por mucha razón que lleve- sacas las uñas en su defensa. Luego llegas a casa sola y te echas a llorar, con ronroneo de fondo. Maldita gata.

Mis problemas no terminaron ahí. Después de otro pis que la gata echó con gusto sobre mi edredón preferido, dejó de orinar completamente. Sí, algo que ningún veterinario se podía explicar. Entonces comenzaron unas duras semanas de idas y venidas al hospital veterinario, operaciones y post-operatorios que me dejaban preocupada, triste y, claro, sin ánimo ni tiempo para ligotear. De hecho, conocí a un chico que me gustaba bastante y mi gran dedicación al tema gatuno lo hizo salir huyendo. Porque hoy en día, y este es otro tema a tratar, en las primeras citas cualquier paso en falso te puede costar un hasta nunca.

Pero sigo porque, por si esto fuera poco, cuando se me pasó el trauma de tener que curarle día a día la herida del bisturí que se había infectado, noté que me picaban unas manchas rosas que, de repente, me habían salido por todo el cuerpo. Me asusté -soy un poco hipocondríaca- y no dormí hasta que el médico, en lugar de mi temida “enfermedad mortal”, me diagnosticó algo que, en un principio, me tomé peor: hongos. ¿Hongos? ¿Tenía hongos por todo el cuerpo? ¿Por qué?

Ah, claro, porque la linda gatita venía de una protectora. No había tenido en cuenta esa posibilidad y, desde que llegó, la había estado besando, acariciando y había dormido con ella como si fuera un peluche. Vamos que, sin saberlo, me había rebozado en hongos.

El médico me aconsejó que, hasta que se me fueran, sería mejor que no tocase a nadie y que nadie me tocase a mí. Estoy convencida de que mi grito de desesperación aún retumba en las paredes del Centro de Especialidades.

Así que había acogido a una gata para cubrir un vacío emocional y me había quedado sin amantes, con hongos y con más vacío que antes, porque a la gata, hasta que no se curara también, tampoco la podía tocar. Abstinencia sobre abstinencia supuso una condena demasiado dura para mi mente hipersensible y, desde que tenía prohibido el contacto físico, las fantasías eróticas me asaltaban a la menor ocasión: con el (viejo) cajero del banco, con el (demasiado joven) cajero del supermercado… Y en sueños, mi cama se llenaba de la mitad de los contactos de Facebook. Aprovecho para recordarme que no debo mirar Facebook justo antes de dormir.

Bueno, con toda esta historia no intento convencer a las solteras de que no adopten gatos si se sienten solas. Lo que les quiero decir es que compren un jarabe fungicida y se lo den al animal inmediatamente. Bueno, tampoco es eso. Lo que en realidad me gustaría trasmitir es que los vacíos emocionales no se llenan con mascotas ni con amantes gatofóbicos, ¡ni siquiera con una pareja postiza! Los vacíos se llenan con proyectos, hobbies, caprichos, borracheras, amigos; y en algunos casos -muy raros- incluso con la familia.

En mi caso, aunque los hongos desaparecieron, se me quedó grabada valiosa lección: más vale una masturbación a tiempo que acabar detenida por el asesinato de tres novios… y un gato.

@marpastorc

#GRATITUD ahí va la lista del resto de domingos.

 

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Acerca de Álvaro Saval

Blog personal https://alvarosaval.com/ Canal de psicología: https://www.youtube.com/user/AlvaroSaval

Publicado el 14 julio, 2013 en Amor y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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